El Estado y la economía

Entre el siglo XIII y el XVII la nación catalana llegó a tener hasta 135 consulados de mar, el que hoy serían oficinas comerciales, que llegaban hasta Anverso y Londres por el Atlántico y Constantinopla, Alejandría o Trípoli por el Mediterráneo. Se reconoce que, además, estos consulados y las leyes que se aplicaban generaron el derecho marítimo internacional que finos hace pocas décadas todavía estaba en vigor.

Hasta el descubrimiento de América, Castilla no tenía ninguna oficina similar a nuestros consulados, y con el descubrimiento todos sabemos que el que se estableció a las colonias no fueron justamente oficinas comerciales.

He aquí dos modelos económicos que, si me permiten, todavía hoy forman parte del ADN de las dos civilizaciones, la catalana y la castellana; dos modelos que necesitan, cada uno, un Estado diferente para hacerlos funcionar.

Mientras en Cataluña el Sido velaba para pactar y negociar con los estados donde se establecía las relaciones comerciales para que las empresas catalanas se beneficiaran, en el caso castellano el Sido el que procuraba era que todo el poder político y militar lo ejerciera la Corona y en beneficio de la Corona y de sus súbditos benestants.

En nuestro caso, pues, quien quería tener poder tenía que conseguir producir y vender productos que fueran deseados a lo largo del extenso mercado donde éramos presentes, gracias a una red rápida de movimiento por la mar Mediterránea. En el caso castellano, el que hacía falta era hacer carrera militar o política para ejercer el poder a través del control y saqueo de las colonias.

Es obvio decir que hoy este hecho antropológico es presente todavía, de manera evidentemente conformada, en las dos mentalidades de los dos gobiernos, el catalán y el castellano. Es cierto, pero, que con tantos siglos de catalanes ejerciendo en un entorno político castellano, se ha perdido parte de originalidad, y la mayoría de comerciantes (empresarios en general) ya tienen parte del alma castellanizada y, por lo tanto, pueden encontrar naturales algunas prácticas que no serían nunca nuestras originales.

Con esto quiero decir que parte del espíritu corrupto de los catalanes proviene justamente de nuestra castellanización, no sólo cultural sino sobre todo legislativa, a partir de leyes que permiten, para no decir que promueven, prácticas que no serían lógicas en un Estado de enfoque puramente comercial. Hemos perdido, pues, parte de nuestra esencia, pero estoy convencido que cuando seamos Sido sabremos irla recuperando. Nuestro talante, en este sentido, es mucho más pareciendo al de los austríacos (alemanes) o ingleses, que son, junto con los catalanes, las tres civilizaciones de espíritu comercial e industrial europeo, como se vio en los siglos que tocaba hacer la revolución industrial (todavía hoy disfrutamos las consecuencias).

Es evidente, pues, que el Estado español ha desarrollado un modelo para gobernar desde el poder, para someter el pueblo y para obtener rentas de las cuales se benefician el mismo Estado y sus más fieles ejecutores, incluyendo la Casa Real pero también la famosa casta política. Hoy, esta casta ya no puede someter el pueblo con armas, pero lo hace con leyes que favorecen las grandes empresas asociadas al poder y que revierten parte de los beneficios en la misma clase dirigente. Casos como el Castor de Florentino Perez; la construcción inverosímil de la red del TGV; aeropuertos y autovías no rentables; el caso Bankia; la gestión de las eléctricas con uno de los precios más altos de Europa, y un largo etcétera que ilustra a que me refiero.

En cambio, en Cataluña, desde hace tres siglos ya no tenemos un Estado que vele por nuestro poder, que siempre ha sido el económico, favoreciendo las empresas catalanas de la burguesía. Ahora estas empresas en todo caso si tienen que pedir favores lo han tenido que hacer en el Estado español, con prácticas similares a las que se han utilizado allá. No es nada extraño que en la restauración de la democracia, estos métodos se hayan extendido a la misma Generalitat, puesto que en definitiva el sistema legislativo es desde hace tres siglos también el español.

Ahora nos hace falta un Estado catalán que vele por los intereses de los empresarios catalanes, como lo hacen Alemania, Holanda o Inglaterra con los suyos, de empresarios. Es decir, ayudando a la exportación, a las políticas de investigación e innovación, con financiación a las empresas productivas y no constructoras o a los banqueros y, en definitiva, con aquello que ya hacían nuestros antepasados hasta el siglo XVII pero adaptado cuatro siglos más tarde.

También en esto queremos y podemos cambiarlo todo, y estoy convencido que cuando lo hacemos la economía de este país funcionará mucho mejor, y de retruque el bienestar de los ciudadanos y las oportunidades de miles de emprendedores, a los cuales su Estado podrá ayudar a hacerse grandes y a pensar en grande.

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